Durante años, la televisión fue vista en México como una amenaza moral y social. Cuando comenzó a llegar a los hogares, principalmente entre las décadas de 1950 y 1960, su presencia no fue recibida con entusiasmo generalizado. En comunidades rurales, así como en sectores religiosos y conservadores, el nuevo aparato despertó temor y desconfianza.
Sacerdotes y líderes comunitarios la calificaban como “cosa del diablo”
Por otro lado, se afirmaba que la televisión traía efectos negativos: se decía que corrompía a los niños, alejaba a las personas del trabajo y debilitaba la fe. Algunos sacerdotes y líderes comunitarios alertaban sobre su influencia, señalando que introducía ideas peligrosas provenientes del exterior y alteraba el orden tradicional. No eran pocas las voces que, incluso, la calificaban literalmente como “cosa del diablo”.






